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Cuando la ley llega a la gente: la primera experiencia de Código Penal para la Ciudadanía

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El Defensor del Pueblo promueve la educación constitucional frente a la reforma penal

Hay leyes que transforman instituciones y hay leyes que, por la materia que regulan, terminan entrando silenciosamente en la vida de todos. El nuevo Código Penal pertenece a esta segunda categoría. Habla de violencia, integridad, propiedad, intimidad, fraude, corrupción, responsabilidad, seguridad digital y protección de las víctimas; pero también nos obliga a volver a preguntas más profundas: qué significa vivir bajo reglas comunes, dónde terminan nuestras libertades cuando comienzan los derechos de los demás y qué debe hacer el Estado para que una norma aprobada por sus instituciones pueda ser comprendida por la sociedad. Con esas preguntas llegamos a Dajabón para realizar la primera experiencia territorial de Código Penal para la Ciudadanía, y allí confirmé una convicción que he defendido durante estos años: una ley puede estar perfectamente escrita y, sin embargo, permanecer distante si las personas no encuentran la manera de relacionarla con su propia vida.

Dajabón tenía además un significado especial para iniciar esta ruta. Es un territorio donde el Estado, el comercio, la convivencia, la movilidad humana, las instituciones y la vida comunitaria se encuentran todos los días de una manera particularmente visible. Por eso no queríamos realizar una conferencia jurídica ni reproducir la distancia que muchas veces existe entre el lenguaje especializado y la ciudadanía. Diseñamos una metodología de pedagogía social que comienza en la Constitución y llega después al Código Penal. Primero hablamos de dignidad, derechos fundamentales, garantías y deberes; posteriormente trasladamos esos principios a situaciones concretas: qué ocurre cuando una persona es víctima de violencia, cuando alguien utiliza fraudulentamente una identidad, cuando se vulnera la intimidad, cuando existe una estafa, cuando se afecta el patrimonio de otra persona o cuando una organización puede quedar expuesta a responsabilidades derivadas de determinadas actuaciones. No se trataba de convertir a los ciudadanos en abogados, sino de ofrecerles elementos suficientes para reconocer una situación, prevenir un daño, formular una pregunta correcta y saber dónde buscar orientación.

La experiencia confirmó también algo que desde las instituciones públicas debemos aprender con mayor humildad: comunicar una ley no significa simplemente resumir sus artículos. Explicar requiere escuchar. La pedagogía pierde buena parte de su utilidad cuando el ciudadano ocupa únicamente el lugar de receptor. Por eso concebimos cada jornada como una conversación: facilitadores, contenidos visuales, situaciones de la vida cotidiana, preguntas abiertas, orientación y herramientas digitales que permitan continuar aprendiendo después del encuentro. Ese componente de escucha es fundamental porque las preguntas de las personas muestran dónde persisten las confusiones, qué asuntos generan mayor preocupación y cuáles contenidos requieren mejores explicaciones. De esa manera, el territorio no es solamente el lugar donde una institución lleva información; también es el espacio donde el Estado puede aprender cómo está siendo comprendida una política pública y qué debe hacer para servir mejor.

Xiomara Brito

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